UN VIAJE POR LA HISTORIA DE ESPAÑA EN LAS PINTURAS DE EDUARDO ROSALES "PINTOR DE HISTORIA"

En el ABC del domingo 9 de enero de 2022 se daba la noticia que el escritor y académico Pérez-Reverte y el pintor Ferrer-Dalmau visitaron las salas del siglo xix del Museo Nacional del Prado conversando sobre la pintura histórica que se encuentra en sus salas. Mientras el escritor comenta nombres de personajes, las escenas, el pintor comenta detalles pictóricos, sombras, luces, formas. “El Coloso”, de Goya, “El fusilamiento de Torrijos”, de Gisbert, del que Pérez Reverte dice: “Uno de mis cuadros favoritos”. “No hay fotografía que pueda reflejar esto. La pintura es necesaria. La aproximación es extraordinaria. Torrijos, sus compañeros, el muerto... La esperanza de una España mejor, libre y democrática, frustrada como siempre por las bayonetas y los pelotones de fusilamiento. Una foto no puede mostrar esto. El pintor sí puede”. Y añade: “La pintura llena huecos y te permite profundizar en quién era cada uno. Lees, miras. Es una pena que por haber sido tan contaminada la pintura histórica por la política hayamos perdido el vínculo con ella. Recuperarla es imprescindible”.

¿Contaminada? “La política en España, no solo el franquismo, contaminó todo, incluida la pintura histórica -advierte el académico-. Los cuadros históricos han tenido mala fama se han visto como algo casposo, rancio, obsoleto, algo del pasado que hay que arrumbar. Y eso ha producido un agujero, una orfandad, mala prensa, malafama…”.

Después ambos paseantes comentan “La rendición de Bailen”, de Casado del Alisal, “El 2 y 3 de mayo” de Goya, “La rendición de Breda”, de Velázquez, etc.

“La memoria histórica, habita en los cuadros del Prado, recuerda Reverte. Recorrer el museo con cierto sosiego es meterse en una máquina del tiempo que ayuda a entender el pasado yhasta el presente de España, lo que fuimos y lo que somos”.

Siguiendo la iniciativa del académico y el pintor, vamos a procurar adentrarnos en la Historia de España a través de la obra pictórica de Eduardo Rosales.

Obras como: “Dª Isabel la Católica dictando su testamento”, “Doña Blanca de Navarra es entregada al Captal del Buch”, “Doña Juana en los adarves del Castillo de la Mota”, “Don Juan de Austria es presentado a Carlos V en Yuste”, “La batalla de Tetuán”, “Boceto para la entrada de Amadeo I de España en Madrid”, son obras que nos van a servir para crear un pequeño guion de visita a la sala 61-B del Museo Nacional del Prado.
En el centro de la sala se encuentra un majestuoso mármol de Agapito Valmitjana“Cristo yacente” para el que posó Rosales.La obra es magnífica.La serenidad del rostro de Cristo refleja la del pintor que según Tomás Borrás“parecía un Cristo doliente”.

Ante esta obra recordaremos brevemente la vida del pintor madrileño.

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Cristo yacente. Autor Agapito Vallmitjana (Barcelona 1833-1905).Mármol 43 cm x 216 cm x 72 cm. 830 kg. 1872. [E00815]. Acierto del Prado al colocar en la sala dedicada de Rosales esta magnífica escultura pues para ella posó Eduardo Rosales en 1869. Bello mármol blanco veteado de gris que nos invita a la contemplación de la humanidad de Cristo muerto y nos inspira compasión. Los signos de la muerte de este Cristo son impresionantes. Su rostro refleja serenidad.

Eduardo Rosales Gallinas (Madrid, 4 nov. 1836 - 13 sep. 1873).

Nació en la calle San Marcos, 21. Sus padres fueron Anselmo Rosales Sánchez de Rozas y Petra Gallinas Granmenster. Fue bautizado en la Iglesia de San Andrés de los Flamencos, que entonces era también la parroquia de San José, sita en la misma calle de San Marcos. Estudió en las Escuelas Pías de San Antón de la calle Hortaleza, en el Instituto de San Isidro y en 1851 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1854 copia en el Prado a Velázquez, Tiziano, Van Dyck, Murillo...

El tifus de 1855 se llevó a su madre y en 1855 a su padre y a la esposa de éste. Rosales, desde 1856, sufrió de tuberculosis dolencia que, con altibajos, padeció toda su vida y fue causa de su muerte. En 1857 con sus amigos Palmaroli y Luis Álvarez, viajó a Roma ayudado económicamente por su hermano, pasando por Burdeos, Nimes, Génova, Pisa y Florencia.

En Roma vivió pobremente ganándose la vida haciendo copias de los pintores renacentistas. Su enfermedad le llevó a ingresar numerosas veces en el Hospital de Montserrat (Roma) que Isabel II había fundado para atender a los peregrinos españoles enfermos. En esos primeros años sufrió un fuerte desengaño amoroso con Carlota Giuliani. Obtuvo en 1860 una “beca de gracia” y pensó presentar como justificación de su aprovechamiento Tobías y el ángel, influido por la corriente de los llamados “nazarenos”, seguidores de Rafael, que no le satisfizo y envió: La estigmatización de Santa Catalina de Siena, copia del Sodoma, que se encuentra en la iglesia de Santo Domingo de Siena. Los tres amigos compartieron estudio en la viaBasilico nº 11 de la ciudad eterna.

Su ilusión era presentar en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1862, un gran cuadro de historia. Su enfermedad se lo impidió. En su lugar envío Una niña sentada en una silla con su gato (“Nena”) que obtuvo una mención honorífica y fue adquirido por Dª Josefa Marín y San Martín, condesa viuda de Velle, que le distinguió con su amistad y Rosales correspondió con su agradecimiento. La condesa le encargó la pareja de Nena. Rosales pintó Angelo.

En 1864 presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes su Doña Isabel la Católica dictando su testamento, en el que había trabajado un año. Fue premiado con la “primera medalla de primera clase” y en la Exposición Universal de París le concedieron la “medalla de oro” y Napoleón III le otorgó  “La Legión de Honor”.

En 1866 comenzó a pintar La muerte de Lucrecia cuadro en el que trabajó cinco años. En la Exposición de 1871 fue premiado con la “primera medalla de primera clase”. Este lienzo le dio muchos disgustos. Fue objeto de furibundas críticas por considerarlo un boceto inconcluso. Rosales respondió: “el cuadro no está acabado, pero está hecho”. En 1868 se casó por poderes en Roma y ratificó su matrimonio con Maximina Martínez Blanco en la iglesia de San Ildefonso de Madrid, con la que tuvo dos hijas: Eloísa que murió a los dos años y Carlota que vivió hasta 1958.

En Roma pintó, en una sola sesión, Desnudo femenino al salir del baño, en esta pintura dejó patente sus excepcionales dotes de dibujante y de pintor.

Debido a su enfermedad viajó en diez ocasiones al balneario de Panticosa (Huesca) y a Murcia buscando alivio a su dolencia. En esta ciudad pintó los evangelistas San Mateo y San Juan, para las pechinas de la incendiada Iglesia de Santo Tomás (Madrid), que no llegó a reconstruirse y que hoy se encuentran en San Jerónimo el Real. En esa misma ciudad pintó al aire libre El naranjero de Aljezares y La venta de novillos.

En 1873 fue propuesto para director del Museo del Prado, cargo que no aceptó y si aceptó ser director de la Escuela de Bellas Artes en Roma. Recibió su nombramiento días antes de morir en su casa de la calle Válgame Dios, 2, el 13 de septiembre de 1873.

Junto a las obras citadas Rosales realizó numerosos retratos de políticos, nobles y de sus familiares, su esposa Maximina, La tía Antonia, Duque de Fernán-Núñez, Don Manuel Cortina, D. Antonio de los Ríos Rosas, Srta. Conchita Serrano condesa de Santovenia (la Niña de Rosa), El violinista Pinelli, etc. Los primeros pasos, Ciociara, La presentación de Don Juan de Austria a Carlos V en Yuste, Ofelia, Episodio de la batalla de Tetuán, El castillo de la Mota,  La Fuensanta (Murcia), Doña Blanca de Navarra es entregada al Captalde lBuch, Doña Juana en el Castillo de la Mota etc. 

Los restos de Rosales descansan junto a los de Larra, Espronceda y otros artistas en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo y San Pastor, donde fueron trasladados en 1922.   
Vicente Palmaroli nos describió así la figura física y moral del pintor. “Rosales era alto, guapo, de mirada inteligente, melancólico, como lo son todos los que están destinados a morir de la cruel y terrible enfermedad de la tisis. Su carácter era reflexivo, frío y reservado, tuvo muchos amigos, íntimos muy pocos... Jamás se ocupó en la política, pero sus ideas eran verdaderamente liberales. Vestía con gran sencillez y con mucho esmero y elegancia. Como artista de gran sentimiento adoraba la música. Conocía muy bien la literatura española, y en cuanto llegó a Italia gustó y cultivo la italiana. Sus cartas son modelo de expresión clara y sencilla, y su contextura literaria elegantísima.”

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Recordemos que el pintor madrileño declaró en sus pasaportes 1º y 2º que su profesión era “pintor de historia” (Ministerio de Asuntos Exteriores. Madrid). En el tercer pasaporte sólo se declara "pintor" (Cf. Museo de las Ferias (Medina del Campo), por donación de doña María Luisa y doña Juana Gil Saralegui).

Después de recordar su vida ante el “Cristo yacente” de Agapito Vallmitjana para el que posó el pintor, nos dirigimos a su obra: “Doña Isabel la Católica dictando su testamento”.

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Doña Isabel la Católica dictando su Testamento. O/L (2,90 x 4 m.). En la Exposición Nacional de 1864 obtuvola primera medalla de primera clase. (Museo Nacional del Prado).Medalla de oro en la exposición universal de París (1867).El emperador Napoleón III distinguió a Rosales con la “Legión de Honor”. [P004625]

Pero precisamente creo que una de las mayores glorias nacionales sea Isabel y en aquel momento la encuentro superior a ninguno de los muchos admirables rasgos de su vida: si lo has leído (el Testamento) creo que te parecerá lo mismo y que el pueblo no vería con indiferencia reproducirlo el momento en que la mejor de las reinas, motivo de justísimo orgullo para España, se ocupa de la felicidad de su pueblo con el amor de una madre, encargando a sus sucesores no le agraven con nuevos impuestos y, al contrario, vean si los que ya había establecidos eran o no justos, poniendo coto de este modo en los desmanes de la Corona. Me parece que un tal ejemplo bien merece ponerse ante los ojos”.

Eduardo Rosales: Carta a Fernando Martínez Pedrosa. 11 de enero de 1863.

La obra ha sido considerada por don José Luis Díez, conservador que fue de la pintura del siglo XIX en el Museo Nacional del Prado, como: “Las Meninas del siglo XIX”, siguiendo la opinión de acreditados críticos.

Gregorio Prieto ha escrito una maravillosa página subrayando este dinamismo interior del Testamento:

“La armonía sinfónica preside el conjunto del logro de Rosales, que nos atrevemos a llamar Las Meninas del Arte de la Pintura de Historia. ¿Movilidad? ¿Qué figuras se mueven? Basta ver el índice de la mano derecha de la reina un tanto avanzado, en perfecto acorde con la diestra del escribano, que fluye sobre el pergamino, para recibir la impresión del movimiento. Son las dos manos, la que dicta y la que escribe, las que ocupan el primer plano del lienzo. No es el príncipe, ni es la infanta, ni es el rey Fernando los que dan alas al óleo; son, en general, las diversas actitudes que adoptan las manos: desfallecidas las del monarca, orantes las de la infanta, absolutorias las del cardenal, desesperanzadas las del príncipe; sólo las de la reina y las del maestro en clerecía se hallan aún en actividad.”

Rosales no dejó constancia de los personajes retratados. No obstante, nos parece más probable la presencia del Rey Católico, de la Princesa Dª. Juana, del notario Gaspar de Gricio, del contador López de la Cárraga, del Cardenal Cisneros y de los marqueses de Moya.

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La mayor parte de los críticos creen que los representados son (1) Isabel la Católica. (2) Fernando el Católico. (3) Juana de Castilla. (4) El notario Gaspar de Grizio. (5) Los marqueses de Moya: Beatriz de Bobadilla y Andrés Cabrera. (6) Cardenal Cisneros. (7) El contador López de Cárrega. (8) Almirante de Castilla.

Frente al rigor histórico, Rosales ha interpretado la escena del Testamento de Isabel la Católica atendiendo más a su significado, y aunque se documentó exhaustivamente, la evolución de su pensamiento le llevo a trascender lo meramente histórico para darnos su visión intrahistórica del acontecimiento. Afirma Xavier de Salas que “fue un manifiesto político en el que se exaltaba la figura de la Reina y su política.”

De los muchos testimonios contemporáneos de Rosales traemos en el recuerdo dos de ellos:

“Rosales era un pensador; Rosales era un poeta; y su pincel áspero y sintético era el propio de los grandes lienzos: tuvimos la fortuna – y él tuvo la desgracia – de que su mano y su vista no fuesen aptos para fabricar el cuadro de comercio minucioso y lindo; arte de menor categoría, que tal vez le hubiese perdido, como a tantos otros… ¡Horas y horas se pasaba Rosales sentado delante de los lienzos de El Testamento y de Lucrecia, sin decidirse a trazar una línea o dar una pincelada!..... ¡Esos cuadros están meditados, no como dos cuadros, sino como dos libros! De ahí la intensidad de la emoción que inspira El Testamento; la mejor obra de Rosales.  Su mejor obra; porque el sentimiento que la inspiró es nacional y porque este sentimiento está expresado con virilidad y poesía”. Isidoro Fernández Flórez. La Ilustración Española y Americana (30-05-1884).

En 1886 Emilia Pardo Bazán escribía su testimonio en la “Revista de Bellas Artes”:“He oído decir a algunas personas que al cuadro del Testamento de Isabel la Católica le faltaba asunto. Se me figura que los que tal dicen, entienden el asunto al modo que los pintores escenógrafos entienden la decoración: colocando y agrupando en primer término cuanto puede producir efecto, un hábil escamoteo pictórico.

El cuadro ante el cual me he parado muchas horas contemplándolo con mayor admiración cada vez, tiene el asunto dentro, por decirlo así. ¡El asunto! Está en aquel rostro de mujer, donde con la elocuencia muda de los momentos solemnes habla la conciencia del deber cumplido, de la vida empleada con fruto en una obra santa de la resignación y del presentimiento del descanso próximo ya. No es una Santa, porque los Santos, al morir, tienen algo de luz extática en el rostro; es acaso otra cosa que inspira más simpatía mundanamente hablando: el espíritu de un ángel en el cuerpo de una mujer valerosa.

El gran pintor que ha sabido comprender y expresar ese tipo de  nuestra historia será siempre uno de los artistas españoles que honran al mundo”.(Núm. 7. 1º de octubre. 1886. Pág. 85)
José Luis Díez, en el texto del Catálogo de la exposición “La pintura de historia del s. XIX en España” resume con acierto la importancia de la misma:“Obra cumbre absoluta de la pintura española de historia del s. XIX, que marcó la definitiva transformación del género, y una de las piezas capitales de toda la historia del arte español [...]” (pág. 212).

“Como se ha señalado repetidamente, esta indiscutible obra maestra de la pintura española, conocida habitualmente con el ambiguo título de El testamento de Isabel la Católica, supuso el gran descubrimiento por parte de Rosales de la gran tradición pictórica del Siglo de Oro, encarnada fundamentalmente en la obra de Velázquez, provocando una verdadera revolución estética en el panorama artístico de su tiempo y el radical cambio de rumbo en la evolución de la pintura española del pasado siglo. A partir de esta obra la mayoría de los grandes pintores españoles decimonónicos volvieron los ojos hacia el realismo atmosférico del mundo velazqueño, de paleta reducida y certera, que marcará de manera especialmente fundamental a los compañeros de generación de Rosales que vivían junto a él en Roma. En efecto, el soberbio tratamiento de la luz, destacando poderosamente la figura de la reina, protagonista absoluta de la composición, gracias a la claridad de la lencería  que la envuelve, y la extraordinaria vaporosidad pictórica con que están resueltos los objetos de mobiliario y la decoración de los muros de la estancia, sugiriendo el ambiente denso y cargado del aposento de la moribunda, así como la asombrosa modernidad de la técnica fluida y sintética con que están resueltas las figuras – construidas con una asombrosa seguridad de dibujo junto a un toque deshecho y jugoso de pincel, de trazo ancho y decidido -, y la sobriedad de su colorido, justo y entonado, con toques de extraordinaria audacia como las llamativas ropas azules de raso y piel del cardenal o las ricas vestiduras del joven personaje del extremo derecho – de una vistosidad rayana en la frivolidad ante tan austera y contenida escena -, hacen de esta joya del arte español el más grande testimonio de la rendida admiración de Rosales por la pintura de Velázquez, que vino a conmocionar decisivamente el ideal estético del purismo tardorromántico en que hasta entonces estaba inmersa la pintura española, especialmente en el género histórico...”

José Luis Diez: “Doña Isabel la Católica dictando su Testamento” en: Catálogo de la Exposición: “La pintura de Historia del siglo XIX en España”. 1992. (pág. 212).

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Bibliografía: Luis Suárez Fernández: “Análisis del Testamento de Isabel la Católica” (Cf. Internet)

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Rosales se documentó ampliamente para todos sus cuadros de “historia”. Manuscrito del pintor con bibliografía sobre la Reina Isabel la católica.

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Presentación de Don Juan de Austria al Emperador Carlos V en Yuste.
O/L. 76,5 × 123,5 cm. Fechado y firmado. [P4610].

Carlos V enfermo de gota recibe la visita de su hijo natural don Juan de Austria que ignora su parentesco con el monarca. La existencia de Don Juan había sido mantenida en secreto durante mucho tiempo, siendo conocido el niño con el nombre de Jeromín. El emperador Carlos V aparece junto a una ventana, sentado debido a los continuos ataques de gota, cubiertas las piernas con una manta, reposándolas sobre un cojín. El emperador se acompaña de un mastín y de dos frailes jerónimos.  En el extremo opuesto de la composición se ubican los nobles de la corte imperial y el tímido Don Juan, vestido de azul intenso, presentado a su padre por su tutor, don Luis de Quijada. La técnica exhibida por Rosales es de una gran riqueza plástica ya que consigue crear las figuras con un empastado y breve toque, aunque no renuncie a su riguroso dibujo y a la volumetría del modelado de los personajes.  A pesar de reducido tamaño, la escena no pierde monumentalidad ni transcendencia, ubicando con maestría a los personajes en escena, trabajando de manera acertada el tratamiento de la luz, creando una excelente sensación atmosférica que recuerda a Velázquez. Legado de la Duquesa Vda. de Bailén. 1919.

Este cuadro, calificado como “tan pequeño de tamaño como grande de ejecución”, representa el momento en que el emperador Carlos V, retirado en elmonasterio de Yuste tras abdicar la corona en su hijoFelipe II, recibe la visita del hijo que −ya viudo− tuvoen 1547 con la dama alemana Bárbara Blomberg. Esehijo natural, llamado “Jeromín” y criado por su mayordomo don Luis de Quijada, no fue reconocido comotal por el emperador hasta su testamento, pero en susúltimos años ideó distintas excusas para verle con frecuencia, ocultándole su verdadera condición. SeríaFelipe II quien posteriormente le reconocería comosu hermanastro, cambiando su nombre por el de donJuan de Austria. Hasta su muerte en 1578 fue un granapoyo para el monarca, destacando su participación alfrente de la flota española en la batalla de Lepanto(1571) y su labor como gobernador de los Países Bajos.Rosales sitúa con gran habilidad a los personajes queasisten a la audiencia en el espacio interior de la estancia, espléndidamente sugerida a través del tratamiento atmosférico de la luz y una pincelada suelta y enérgica. La gama cromática es contenida,resaltando el azul intenso del traje del adolescente, ligeramente adelantado del resto de cortesanos. Destaca también su precisión arqueológica y documental, alincluir en el fondo, flanqueando un tríptico gótico, elEcce Homo (p-437) y la Dolorosa (p-444) de Tiziano, queCarlos V llevó consigo a su retiro en Yuste y hoy forman parte también de las colecciones del Prado.En 1919 fue legado al Museo del Prado por la duquesa viuda de Bailén, pasando en 1932 al Museo deArte Moderno, donde permaneció hasta su reincorporación definitiva a las colecciones del Prado en 1971.

“Cuando Carlos V vino a encerrarse en Yuste érale presentado muchas veces su hijo en calidad de paje de D. Luis Quijada, gozándose mucho en ver la gentileza que ya mostraba aun no entrado en la pubertad. Tuvo no obstante el Emperador la suficiente entereza para reprimir las afectuosas demostraciones de padre, y continuó guardando el secreto, bien que este no había dejado de irse trasluciendo, y se hacían ya comentarios y conjeturas sobre el misterioso niño.” (Documento de Simancas, citado por Lafuente).

“JUAN DE AUSTRIA. Nació en Ratisbona (Alemania), en 1545. Hijo natural del rey Carlos I de España y V emperador de Alemania. Bautizado como Jerónimo (Jeromín), fue criado en Castilla y no conoció a su padre hasta que éste le mandó llamar en su retiro de Yuste (Extremadura) en 1556. Fue Felipe II quien, siguiendo la indicación testamentaria de su padre, le reconoció como miembro de la familia real y le puso el nombre de Juan de Austria, otorgándole honores y rentas dignas de un infante.

Su decidida vocación militar hizo que Felipe II le pusiera al mando de una escuadra para combatir a los piratas berberiscos en el Mediterráneo, y sofocó la sublevación de los moriscos del reino de Granada.

Obtuvo el mando supremo de la flota contra los turcos que formaban España, Venecia y el Papado. Frente a la estrategia defensiva que preferían sus consejeros más prudentes, don Juan de Austria impuso su criterio de buscar a la flota turca y hundirla, lo que consiguió en la batalla de Lepanto (1571).

Felipe II le envió como gobernador a los Países Bajos. Misión en la que fracasó al no poder poner fin a la rebelión protestante.

Las intrigas que organizaba el traidor Antonio Pérez en la corte le pusieron en la peor situación con el rey, y los recursos que necesitaba (de hombres y de dinero) llegaban con parsimonia. Murió de tifus contraído durante una campaña militar en Namur (Países Bajos), en 1578. Está enterrado en el Monasterio de El Escorial en el Panteón de Infantes”.

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Episodio de la batalla de Tetuán. 1860.1868. Lienzo, 75 x 123 cm.
FIRMADO “E. Rosales / 1868” (a. i. d.) [P004615]

Batalla de Tetuán. Episodio de la guerra hispano-marroquí (1859-1860) que tuvo lugarel 6-2-1860.
El ejército expedicionario, que partió de Algeciras, estaba compuesto por treinta y seis mil hombres, sesenta y cinco piezas de artillería y cuarenta y un navíos entre buques de vapor, de vela y lanchas. O'Donnell dividió las fuerzas en tres cuerpos de ejército en los que puso al frente a los generales Juan Zabala de la Puente, Antonio Ros de Olano y Rafael Echagüe y Bermingham. El grupo de reserva estuvo bajo el mando del general Juan Prim. El almirante Segundo Díaz Herrero fue nombrado jefe de la flota.El objetivo final era la toma de Tetuán. El 17 de diciembre empezaron las hostilidades por parte de la columna mandada por Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O'Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21. El día de Navidad los tres cuerpos de ejército habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.El 1 de enero de 1860, el general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo al flanco del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Las refriegas continuaron hasta el 31 de enero donde fue contenida una acción ofensiva marroquí, y O'Donnell comenzó la marcha hacia Tetuán, con el apoyo de los voluntarios catalanes. Recibía la cobertura del general Ros de Olano y de Prim en los flancos. La presión de la artillería española desbarató las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de este ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó el 6 de febrero.Consecuencias: Frontón de la Iglesia de San Joaquín en Iloílo, Filipinas, con la Batalla de Tetuán.Tras una semana de luchas, la victoria resultó para las tropas españolas, que consiguieron de esta forma el fin de los ataques a las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, así como la captura de la ciudad de Tetuán para la reina Isabel II de España. A la vuelta a la península, O'Donnell acampó al ejército victorioso en un descampado a las afueras del norte de Madrid, mientras se hacían los preparativos para una entrada triunfal en la capital, que finalmente nunca sucedió. Alrededor del campamento —que de provisional se iba convirtiendo en permanente— se fueron instalando comerciantes y se creó el barrio conocido hasta hoy como Tetuán de las Victorias. De la misma forma se dedicó una calle de Madrid (la calle de Tetuán) ubicada en las cercanías de la Puerta del Sol.

La batalla tuvo lugar el 1 de enero de 1860, cuando el ejército español inició la marcha hacia Tetuán, con el general Prim en vanguardia, seguido por los generales Zavala y O’Donnell. Prim debía ir al valle de los Castillejos y ocupar una posición conocida como la casa del morabito para esperar al segundo cuerpo de ejército que llegaría al día siguiente, y juntos pasar al valle. Prim consiguió su objetivo, pero fustigado por el enemigo, avanzó con una temeraria carga a la bayoneta y ocupó la posición enemiga y después persiguió al enemigo con la caballería pero los marroquíes pasaron al ataque y recuperaron la posición que habían perdido, hasta que Prim cogió la dirección y en cabeza y hablando a los soldados, electrizados por el ejemplo de su líder, inició la contraofensiva, con la buena suerte que entonces llegó Zavala con cuatro batallones y redondeó la victoria. Los españoles tuvieron 700 muertos y 2000 los marroquíes. La batalla forjó la fama de valiente del general Prim.

Rosales participo en el concurso que convocó el duque de Fernán-Núñez para celebrar la victoria de las tropas españolas.Concurso que ganó Vicente Palmaroli.Como en otras ocasiones Rosales se documentó exhaustivamente pidiendo a su primo la obra de Pedro Antonio de Alarcón, “Diario de un testigo de la guerra de África”.Pintura abocetada que transmite movimiento y refleja el fragor del combate. Gran riqueza de colorido.

historiaDoña Blanca de Navarra entregada al capital del Butch.1869. Óleo/lienzo.58 × 106 cm. [P008287]

El cuadro fue encargado a Rosales por don José Olea cuya familia tenía amistad con el pintor, que había hecho los retratos de don José, su esposa y su hija.Los Olea eran propietarios del inmueble de la calle Alcalá en cuyo piso entresuelo habitó el pintor al regresar de Roma en 1868.También el cuadro de “Doña Juana en los adarves del castillo de la mota” perteneció a los Olea.Como en otras ocasiones Rosales pidió que le enviasen la obra de Francisco Navarro Villoslada: “Doña Blanca de Navarra” publicada en 1847, para documentarse.

El pintor había conocido al escritor en el balneario de Panticosa.La protagonista de la escena es Blanca II de Navarra (1424-1464).

Blanca, infanta de Navarra, hija de Blanca I y el Infante Juan de Aragón, duque de Peñafiel. Fue prometida en matrimonio a los 12 años con el rey Enrique IV de Castilla por sus padres. El matrimonio fue muy infeliz.Sería anulado bajo pretexto de no haber sido consumado. Blanca regresa a Navarra sin la dote acordada en las capitulaciones y pasa a depender de su padre, que tanto a ella como a su hermano Carlos les odiaba. La madrastra Juana Enríquez y su hermana Leonor tampoco las tenía en estima. Carlos, antes de morir, dejó a Blanca como heredera.Pero Blanca estaba prisionera en el castillo de Olite. Su padre le propuso matrimonio con Carlos, duque de Berry, hermano del rey de Francia. Blanca rechaza la propuesta.

El rey Juan II, furioso por la rebeldía de su hija, reacciona airadamente y la entrega a su otra hija Leonor y a su marido, el conde Gastón IV de Foix. En el trayecto del viaje que la conduce a Béarn, señorío de sus peores enemigos, Blanca realiza una protesta escrita por el secuestro (Roncesvalles, 23 de abril de 1462), en la que afirmó que la llevaban en contra de su voluntad, pedía el perdón divino para su padre y, ante la posibilidad de que la obligasen a testar bajo los intereses de Juan II y los condes de Foix, pedía que cualquier testamento realizado en favor de su hermana Leonor como heredera (o su descendencia) fuese considerado inválido. Unos días después (30 de abril), en San Juan Pie de Puerto, y temiendo que los que pretenden sus derechos le quiten la vida, hace testamento designando como heredero a su exmarido y ahora rey Enrique IV de Castilla5​ (lo que habría supuesto la unión de las coronas de Navarra y Castilla).

Una vez en Béarn, Blanca es encarcelada en la Torre Moncada, en Orthez, donde morirá el 2 de diciembre de 1464 bajo extrañas circunstancias. Algunos historiadores indican que fue asesinada por orden de su hermana, y otros, bajo la mano de su propio padre. Fue sepultada en el panteón de la iglesia catedral de Lescar.

La composición es diáfana.En el centro los principales personajes que coloca en el palacio de la Podestá de Florencia, en su escalinata.MosénPierres de Peralta entrega a doña Blanca al Captal del Buch para que la lleve a prisión castigada por su padre al negarse la infanta a casarse con el duque de Berry.Colorido espléndido y armonioso sobre un fondo gris.Tratamiento abocetado, con gran acierto en el reparto de los personajes que equilibran la pintura.Para esta pintura hizo numerosos dibujos preparatorios que se conservan en el Prado y colecciones privadas.

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Dibujo preparatorio para Dña. Blanca de Navarra. Lápiz/papel. 42,8x38,1 cm. 1868. Col. privada.

historiaLa reina doña Juana en los adarves del castillo de la Mota. Óleo/lienzo 58x106 cm 1872-1873. [P.8288]

La protagonista del tema de este boceto, de Rosales, que comenzó en 1872, en Medina de Campo, es Dª. Juana de Castilla (Toledo, 6 – XI – 1479. Tordesillas 12 – IV – 1555) tercera de los hijos de los Reyes Católicos que fue por nacimiento infanta de Castilla y Aragón. Por casamiento (1496) con Felipe de Habsburgo, archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña y Bramante y condesa de Flandes. En 1502, princesa de Castilla y Aragón y en 1504, Reina de Castilla, León, de Galicia, de Granada, de Sevilla, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras de Gibraltar, de las Islas Canarias y de las Islas Occidentales y desde 1515, Reina de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Nápoles y Sicilia. Condesa de Barcelona y Señora de Vizcaya y de Molina. Convirtiéndose en la primera reina de la actual España, al reunir las coronas de sus padres, Isabel y Fernando, en su persona. Reina propietaria de la corona que nunca ejerció como tal aunque su reinado duró casi medio siglo.

En 1502 Juana y Felipe, su esposo, vinieron a España para ser jurados herederos de los Reyes Católicos. En Diciembre de ese año Felipe volvió a Flandes. Juana, en España dio a luz a su cuarto hijo, Fernando, y esperaba volver a Flandes cuanto antes. El viaje se retrasó y dio origen a un enfrentamiento entre la reina y su hija en el Castillo de la Mota. El tema del boceto-cuadro de Rosales representa el momento histórico en el que, el Arzobispo Cisneros, enviado por la reina Isabel, intenta que la princesa deponga su actitud de rebeldía, motivada al serle impedida su marcha a Flandes para reunirse con su esposo y sus otros tres hijos que allí había dejado. Suceso que ocurrió en noviembre de 1503 siendo Juana princesa de Castilla y Aragón.

Aunque es un boceto no excluye la perfección y la belleza. A su modo están terminadas, es decir, que han alcanzado una plenitud de significado más allá de los cual existe solo lo superficial.

Doña Juana de Castilla era la tercera hija de los Reyes Católicos, casada con Felipe de Habsburgo en 1496, estaba en tercer lugar de la línea sucesoria, pero en 1500 por la muerte sucesiva de sus hermanos Juan e Isabel y su sobrino Miguel, Dª Juana y D. Felipe vinieron a España en enero de 1502  pare ser jurados herederos en las Cortes de Toledo y Zaragoza. D. Felipe frente a los ruegos de la Reina Isabel y su esposa, embarazada de su cuarto hijo, decidió partir para Flandes un diciembre de 1502, poniendo como pretexto los asuntos de su reino. Con la marcha de su marido Dª. Juana dio muestras de cierta inestabilidad que se manifestaba en frecuentes arrebatos de dolor y angustia avivados por el vivísimo despertar de los celos. Como narró González Doria: “Al ver partir a su esposo cayó en estado de desesperación”. Al dar a luz en Alcalá de Henares a su hijo Fernando, el 16 de marzo de 1503, la Princesa Juana, según el Dr. Soto y el Dr. Gutiérrez de Toledo, afirmaron que daba muestras de estar “transportada”. No tenía sin Felipe tranquilidad ni alegría.

Se trasladó Juana al Castillo de la Mota en Medina del Campo, pero su desesperación la llevó a querer preparar la huida hacia Flandes al recibir una carta de Felipe instándola que volviese a su lado por lo cual Juana dió orden de preparar su séquito y los útiles necesarios para su marcha. Y sin esperar a más un ocho de noviembre de 1503 se dirigió a las puertas del Castillo.

Avisada la reina Isabel envió desde Segovia, donde se encontraba enferma, al secretario Pedro de Torres con una larga carta en la cual prometía disponer su marcha cuando el mar se abriese a la navegación, entendió doña Juana que bajo tales promesas se escondía el engaño y la negativa y a grandes voces, anunció que estaba dispuesta a emprender el viaje contra toda prohibición. El Obispo de Córdoba, Juan de Fonseca, al que la reina le había encomendado que la detuviese “lo  más dulce y graciosamente que pudiera”, ordenó retirar todas las caballerías, al ver a la Princesa abandonar sus aposentos sin llevar más que ropa ligera, pese a lo avanzado de la estación, e hizo cerrar las puertas de la barrera para impedir que emprendiese la marcha a pie. La crisis estalló entonces con inusitada violencia: doña Juana se aferró al muro, y permaneció casi inmóvil, incluso en la helada noche del frio otoño, sin hablar ni comer durante más de veinticuatro horas. Cuando la tensión de nervios cedió, sus servidores pudieron instalarla en una cocina de la misma muralla que utilizaban para calentarse los soldados de guardia; ella se negó en redondo a volver al castillo porque confiaba en que al abrirse la puerta de la muralla tendría ocasión de huir. El mayordomo mayor, don Enrique Enríquez y el Arzobispo de Toledo Fray Francisco Jiménez de Cisneros acudieron inmediatamente a la Mota sin conseguir calmarla y, hasta que no llegó la reina Isabel no lograron que volviese a sus aposentos. Para la reina esto fue un rudo golpe reconociendo el estado de su hija Juana “Y entonces ella me habló tan reciamente, de palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que hija debe decir a su madre, que si yo no viera la disposición en que ella estaba, yo no las sufriera de ninguna manera”.
El óleo recoge el momento en que en los adarves de La Mota, Doña Juana no cede a las súplicas del Arzobispo de Toledo y de su corte para que vuelva a sus aposentos.

A principios de marzo de 1504 sus padres la permitieron viajar a Flandes, desde el puerto cantábrico de Laredo, en una flota expresamente preparada.

Pedro Mártir de Anglería escribió el 10 de abril de 1504 a PomponioLeto: “Juana, por su parte, al fin ya descansa entre los brazos de su esposo, tan ardientemente deseados”.

Personajes: La princesa Juana de Castilla. El mayordomo Enrique Enríquez. Fray Francisco Jiménez Cisneros, Arzobispo de Toledo, dignatarios, grupo de mujeres y dueñas la rodean y pajes.

Escenario: Camino de guardia, de la ronda, en la muralla junto a las almenas, el adarve, del Castillo de la Mota (Medina del Campo).

Composición: Tres grupos de personajes. A la izquierda guardias y pajes. En el centro la princesa Juana caracterizado su rostro con muestras de dolor y ropas en desorden. Junto a ella el mayordomo Enrique Enríquez con otros cortesanos. A la derecha Cisneros acompañado de damas y nobles.

Color: Cielo de un azul frío con nubes, las torres de la Mota envueltos en neblina. Doña Juana con ropaje negro y marrón contrasta con la vestidura del Cardenal Cisneros y el paje de la izquierda. Suelo terroso del camino de guardia. Equilibrio magistral de los grupos y el color.

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Otro cuadro de historia, ésta, de la historia de Roma, es “La muerte de Lucrecia”, a cuyo estudio hemos dedicado un ensayo que se puede consultar gratuitamente en: “Eduardo Rosales, pintor de historia, www.pintorrosales.com”.Sección “libros”.

historiaLa muerte de Lucrecia. 1871. O/L. 257 × 347 cm. Fechado y firmado. [P4613].

Rosales también retrato a destacados políticos de su tiempo: Duque de Fernán-Núñez, Antonio de los Ríos Rosas, Manuel Cortina y Arenzana, Cándido de Nocedal, Pi y Margall, Eugenio Hartzenbusch, …(Cf. Luis Rubio Gil: Eduardo Rosales.Editorial Aguazul. 2001 que también está incluido en la sección “libros” de la página web citada, consulta ydescarga gratuitas y en la webwww.pintorrosales.com Artículos, julio 2003:“Eugenio Hartzenbusch (Madrid 1806-1880. Retrato de Rosales)”.

Rosales con sus retratos quiso reflejar su espíritu, su carácter, y por supuesto la fidelidad a su fisonomía. Con Pardo Canalís podemos afirmar que los retratos que realizó Rosales son “claros exponentes de su maestría en el oficio”. Rosales aprendió de Velázquez la serena majestad que translucen sus modelos y que en manera alguna fue producto de adulación al retratado.

Luis Rubio Gil

Enero 2022