UNA CONFERENCIA DE JUAN COMBA SOBRE ROSALES

Traemos a nuestra página web el texto de una conferencia sobre Eduardo Rosales que el discípulo del pintor Juan Comba García pronunció en 1922 en el Museo de Arte Moderno a petición del Patronato de la entidad. El texto nos lo ha facilitado la tataranieta de Rosales y biznieta de Comba, Mª Ángeles Comba Gutiérrez licenciada en Bellas Artes, que como sus antepasados también cultiva el arte de la pintura y es reconocida restauradora. Sobre Juan Comba García (1852 Jerez de la Frontera – 1924 Madrid), fotógrafo, pintor, periodista, dibujante e ilustrador remitimos al estudio de don Miguel B. Márquez: “Juan Comba y Garcia, cronista gráfico de “La Restauración”, publicado en “Ámbito”. Nº 15. Año 2006 (pp.365.404), que fácilmente se puede consultar en Internet, subrayar que la relación de Comba con Rosales fue tan entrañable que a él se debió la Exposición de 1902, organizada por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, en su sede. Comba fue el secretario, y organizó el traslado de los restos del pintor a la Sacramental de San Justo y San Pastor desde el abandonado cementerio de San Martín, primer enterramiento de Rosales, en 1902.

Juan Comba García contrajo matrimonio con Teresa Sigüenza Cuadrado con la que tuvo trece hijos, siete de los cuales alcanzaron la edad adulta. Una de las hijas, Teresa, falleció en 1995. Manuel Comba Sigüenza, el más pequeño de los hijos, falleció en 1987, y fue el que emparentó con la familia de Rosales al contraer matrimonio con Trinidad Santonja Rosales. Nieta del pintor. (CF. Estudio citado de Miguel B. Márquez (pp. 376-377).

En las ilustraciones que hemos incluido en este reportaje (algunas pertenecientes al archivo de los Hermanos Rubio Gil) figura un apunte de Comba sobre su encuentro con Eduardo Rosales en su estudio, encuentro que el mismo Comba dejó constancia escrita y que he reproducido en mi obra “Eduardo Rosales”. Ed. Aguazul. 2002. Págs. 190-191.

Es tan importante la obra de Juan Comba que bien merece una gran exposición. Sus grabados en “La Ilustración Española y Americana”, sus fotografías, y sus escritos dedicados al arte escénico, son testimonio de toda una época de nuestra historia. Fue muy condecorado por diversas entidades. Recibió, entre otras distinciones, la Tercera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1895 por su obra “La escolta real” y segunda medalla en la de 1899 por “El estudio de Rosales”. En 1967 el Círculo de Bellas Artes de Madrid inauguró la “Exposición Antológica del pintor y dibujante Juan Comba”.

CONFERENCIA DE JUAN COMBA SOBRE EDUARDO ROSALES, EN EL MUSEO DE ARTE MODERNO DE MADRID EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 1922

SEÑORES Y SEÑORAS:
He tenido la suerte, que fervientemente agradeceré mientras viva, a Dios que me la deparó, de haber sido discípulo de Eduardo Rosales, cuya portentosa figura aparece radiante y sola en la historia de la pintura española en la segunda mitad del siglo XIX, y la de haberle visto pintar en mi diaria permanencia en su estudio sus últimas grandes obras, desde “La muerte de Lucrecia” a “Los Evangelistas”, y aún más que esto con ser tanto, la de que en los tres últimos años de su vida, me distinguiese con su confianza y con su afecto, hablándome en sus correcciones de sus teorías en arte y que fuese a mí al que escribió desde la Fuensanta el 3 de Febrero de 1872, la carta que entre otras conservo como una reliquia en la cual me exponía con la sinceridad con que siempre se expresaba, el principio fundamental de su pintura, diciéndome entre otras cosas: “Me alegro de que continúe usted tan animoso, y le encargo sobre que todo que haga muchos estudios del natural y muy a conciencia hechos: el poco más o menos no hace los buenos artistas”.

En la carta me subrayó este consejo para que nunca lo olvidase ni un solo instante en mi vida artística, como después me dijo al vernos, a su vuelta, bien ajeno que dado a la publicidad por mí, en artículo que escribí en “Alrededor del Mundo” cuando organicé en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, en 1902 la exposición de casi todos sus cuadros y dibujos, lo habían de consignar sus admiradores, en libros de arte, revistas y monografías, siempre que de su arte maravilloso se han ocupado.

En el ocaso de mi vida pasados más de los cincuenta años de todo esto, al encomendarme el Patronato de este Museo de Arte Moderno esta conferencia, siento el natural temor de que no lograse hacérosla interesante aunque en ella haya de referiros con una veracidad absoluta, algo de entre mis recuerdos de entonces que aún no creo haber dicho ni comentado cuando he escrito o hablado de aquel glorioso artista, que pudiera contribuir a conocer con más firma y seguro trazo, la silueta moral de Rosales; notas íntimas que tal vez aclaren conceptos a mi juicio equivocados de su técnica, presentándoos sin comentarios, que vosotros con vuestra gran cultura haréis, su modo de sentir en lo que a su arte se refiere con frases que por ser suyas, revelan más claramente su pensamiento, que las interpretaciones más aquilatas y rotundas; recuerdos todos ungidos en mi ser por el respetuoso cariño acrecentado siempre a la venerada memoria de mi maestro, y que aroman mi espíritu con el goce inefable de evocar una vez más aquellos días plenos de juventud y de entusiasmos, jamás entibiados en mí, pareciéndome oír su voz siempre afable, y contemplar de nuevo su figura severa y melancólica de una suprema distinción que en él se manifestaba en todo momento, imponiendo honda simpatía y cariñoso respeto. Su rostro pálido y algo moreno de líneas correctas y su mirada triste que solo se animaba cuando pintaba o hablaba de su arte, mirada tras la cual en los últimos días de su vida se adivinaba la amargura que más que sus padecimientos le hacía intensamente sufrir.

Cuando presentó Rosales en la Exposición de 1871 en unión de su cuadro “Doña Blanca de Navarra al ser entregada al Captal de Buch”, la “Presentación de Don Juan de Austria al Emperador Carlos V en Yuste”, un retrato y ese lienzo prodigioso “La Muerte de Lucrecia” que marcó los comienzos de una radicalísima renovación en nuestra pintura, en el que había puesto su alama toda y en el que consecuente con cuanto se propuso al pintarlo, hay trozos en los que con solo las pinceladas precisas, únicas, sin que luego volviese sobre ellas, dio la justeza de tono y el claro obscuro necesarios al conjunto, fue objeto de juicios severísimos de los que entonces ejercían la crítica en el Arte, de apasionadas discusiones que aparentemente parecía no causarle impresión alguna, teniendo y (*) yo que disimular con gran cuidado mi exaltada indignación evitando la notase, porque en su carácter entero y concentrado, jamás manifestaba sus impresiones con frases despectivas, ni lamentaciones inútiles.

Por aquellos días leyó irreflexivamente el artículo que Cañete publicó en “La Ilustración Española y Americana” y cuanto Tubino escribió en folleto “El Arte y los artistas contemporáneos en la Península y la Exposición de 1871” que alguien llevó a su estudio con la mejor intención; los comentarios de los periódicos, y cuanto del cuadro y de su autor dijeron en los semanarios satíricos y hasta aquella crítica humorística, en la que unos versos, refiriéndose a “La Lucrecia” terminaba: “Este boceto pintó con la brocha de afeitar”, aludiendo a lo franco de su ejecución, calificada a porfía de esbozo sin terminar, aconsejando los más benévolo al autor, lo llevase de nuevo a su estudio para terminarlo.

Una tarde, lo recuerdo muy bien por la dolorosa emoción que me causó, cuando más arreciaban las despiadadas e irrespetuosas críticas por su cuadro “La muerte de Lucrecia”, lo encontré sin pintar, sentado, con un periódico en la mano, absorto de tal modo en sus pensamientos, que aun estando contemplándolo, no se dio cuenta estaba yo allí, y ante el temor de que se sintiera enfermo me atreví a interrogarle que le ocurría, y levantando la cabeza, me miró fijamente y con voz que parecía velada por el llanto, como respondiendo a un pesar muy hondo que atarazaba su alma, me dijo:” nada no es nada”, y después de larga pausa añadió, “es que es triste muy triste esta incomprensión” y reanimándose cual si la protesta de su valer y de su portentoso talento triunfase de sus exagerada modestia, añadió con firmeza: “aun cuando después de todo yo al pintar solo pienso en el gran Arte, no en lo que puedan opinar los demás”

Quedó un momento silencioso y como notase en mi rostro la impresión que aquellas amargas frases me habían producido, volvió a adquirir su habitual expresión y compadecido sin duda de cuanto en mi ciego entusiasmo por él con la vehemencia de mis 19 años, debió pasar por mi alama en aquellos momentos, cual si quisiera distraerme y disculpar cuando había dicho, empezó cariñosamente a hablarme de las grandes fiestas de la Roma pagana y volviendo a su pesar a sus amarguras, se detuvo más que en ninguna de sus descripciones en detallar el desfile de unas bellas danzarinas que aparecían seguidas de las que sonando los crótalos hacían reunidas vistosas figuras y combinaciones, y después de esto la presentación de dos jóvenes efesias que acompañaban con sus dobles cálamos a una hermosa cantante griega, a la que el pueblo con gritos y palabras soeces no dejaba oír sus bellas canciones, por no gustarle después el baile aquellas cadencias exquisitas, que sin inmutarse extendiendo sus brazos demandó silencio y desdeñosamente les dijo: ”yo solo canto para los elegidos” y con esto dando por terminada aquella charla, en la que me parecía ver nuevos cuadros pintados por el prodigioso artista, con un gesto muy suyo de resignación o de dolorosa indiferencia, se acercó a la caja de colores, requirió la paleta y los pinceles se pasó a pintar tranquila en apariencia.

Asusta la rutinaria ceguedad y hasta el encono con que al no comprenderlo, apreciaron aquel maravilloso cuadro de Lucrecia. Todo cuanto en él hay de bello y de grande en su composición y en su factura, respondía a la suprema sensación trágica, que se propuso hacer sentir Rosales ante él.

Queriendo que nada pudiese distraer de su conjunto al verlo, a veces deshacía con rápida y enérgica pincelada cualquier detalle que le hicieses mal o el plegado de los paños, si después de contemplarlo a la distancia que dado su tamaño creía había de verse su cuadro parecíale no respondía lo que había anteriormente opinado a su propósito, no porque su miopía que no era grande le impidiese ver los detalles, como alguien ha escrito, sino precisamente por ver el natural, como nadie hasta entonces en aquel siglo lo había visto, sin prejuicios de escuela y de métodos, sino solo guiando su mano aquella inteligencia superior, que no supieron siquiera vislumbrar sus contemporáneos.

En esta incomparable obra de arte que tal vez estudiada bastante, no hay nada que no responda en absoluto al pensamiento hondo y meditado de Rosales.

El mismo, cuando se decidió a pintarlo le escribía a su amigo Martín Rico:

“Pensé que volver a tratar otro asunto de idéntica o parecida época, tendría poco atractivo para mí y poco interés para los demás, y dominado de esta idea y después de pensado maduramente, me decidí por un asunto romano… la idea a primera vista de seguro te sorprenderá y aún quizá te desagrade, pero yo te daré mis razones:
En primer lugar todos los asuntos son buenos cuando se tiene la fortuna de tratarlos con novedad y hacer que interesen, y en segundo lugar, un verdadero artista no debe contentarse con cultivar un solo género de arte o una misma época,porque viene a ser como un organillo que no sabe salir de los temas del registro; por todo lo cual yo tomé mi resolución y abandoné sedas y terciopelos para buscar siempre lo mismopero en época de índole diversa, y digo lo mismo, porque mi idea siempre será el desarrollar una escena con toda la verdad posible, y ayudarla si puedo, con otros requisitos indispensables en el arte ….. El asunto es “La Muerte de Lucrecia”.
Ya veis con que humilde sencillez procura convencer a su amigo, porque este le había aconsejado pintase un asunto referente a Luis XI, del que creía iba a sacar gran partido.
En esta carta expone una de sus constantes teorías en el arte, la de que el artista debía huir siempre de cuanto acusara amaneramiento en su factura y en la elección de asuntos: de ello le hablaba en todo momento, repitiéndole: “La factura de cuadros debe estar siempre en relación con el asunto, con la distancia a que ha de verse y con su tamaño”.

De tal modo le preocupaba y ponía en práctica esta teoría que no hay mas que hacer una comparación del conjunto reposado, misterioso, lleno de melancólica tristeza del cuadro “Isabel la Católica dictando su testamento”, con este mismo de “Lucrecia” y después con ese admirable y pasmoso desnudo de mujer: recordad otros cuadros suyos que no figuran en museo, y veréis como se acomoda su técnica al asunto, y que hasta en las cabezas de estudio no pintaba de igual modo la enérgica de San Mateo, que la de la bella Señora del collar de cuentas venecianas de vidrio de tonos irisados y lazos rojos, a pesar de ser la misma manera de modelar y meter en color una cabeza, sobre todo en los retratos.

Aun siendo como todos sabemos inconfundible su modo de pintar, para desesperación de los mercaderes sin conciencia que por esto les es difícil lucrarse de los cuadros apócrifos que pretenden hacer pasar como pintados por Rosales, es bien sencillo el ver comprobada en sus obras la teoría de mi maestro, estudiándolas todas con detenimiento, incluso los techos que pintó en el Palacio de Duques de Bailen, lo estudios y el cuadro de un mercado en Murcia, de pasmoso verismo, y sus paisajes de una simplicidad tal de calidades y de ejecución, que dan bien la sensación de momento y de la hora en que habían sido pintados.

Cuando pintaba ponía el modelo al lado del cuadro y él se colocaba a una distancia suficiente para poder abarcar con su mirada el conjunto entero de la composición y ver a un tiempo comparándolos con reposado estudio la figura pintada y la real, avanzando rápidamente después de esto para dejar en el lienzo la pincelada firme, segura, única que no había que volver a tocar, y que unida a otras que se fundían con un trazo viril y enérgico, modelaban la figura del tal modo igual de entonación y de claro oscuro con el modelo, que al verlo causaba admiración profunda aquel pasmoso realismo, con una técnica tan sencilla y tan honrada.

Era tal su verismo en los retratos, que cuando pintó el de D. Antonio de los Ríos, molestó seriamente a aquel ilustre político tres veces Presidente de las Cortes y del Ateneo, el que se notaba extraordinariamente, tenía la barba teñida, por la tonalidad mate y justa que contrastaba con la del pelo, disgusto que exteriorizó con la potente vos de que hacia gala en sus discursos del Congreso, con vehementes palabras que no hicieron la menor mella en el ánimo de mi maestro, quedando pintada esa magistral obra de arte tal como la admiramos al presente, sin que lograse el gran orado con vencer al artista de que alterase una sola pincelada en ella.

A este propósito recordaba un lance un poco cómico que ocurrió cuando estaba Rosales pintando el retrato de tamaño natural del Duque de Bailen, para el cual este procer que tanto le distinguió siempre con su amistad estaba todo el tiempo que duraba la sesión de pie sobre la tarima, vistiendo el uniforme de Caballería colocado completamente al lado del lienzo, como gustaba poner sus modelos mi maestro.

Para concentrar más la luz sobre la figura se corrieron las cortinas del ventanón dejando la estancia en una vaga penumbra, por lo que fácilmente os explicareis el que una vez que por haberme entretenido llego al estudio a la hora que el Duque solía estar ya de modelo, saludé respetuosamente al retrato al entrar, creyendo de buena fe era aquel respetable Señor que no había ido aquel día, celebrando mi maestro con franco regocijo mi equivocación tan justificada, por pasmosa verdad.

conferencia Juan Comba
Juan Comba Garcia. Fotografía original. 19,5 cm x 25 cm. h. 1922 (Archivo Hnos. Rubio Gil).

conferencia Juan Comba
Árbol genealógico de Eduardo Rosales, actualizado por D. Manuel Lagarón Comba.

conferencia Juan Comba
JUAN COMBA GARCÍA, Exposición de los cuadros, tapices, muebles y objetos del estudio de Eduardo Rosales. Hacia 1899. O/L. Alto: 41 cm; Ancho: 66 cm. Museo Nacional del Prado [P004274]. Segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1899.

conferencia Juan Comba
Juan Comba: Eduardo Rosales. “La Ilustración Española y Americana”. Año XVIII. Número XLII. Pág. 680.

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Juan Comba: Mi primer encuentro con Rosales. Tinta/papel y lápiz. 8,5 × 14 cm. (Archivo Hnos. Rubio Gil).

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Juan Comba: Carroza funeraria para el traslado de los restos de Eduardo Rosales. En 1902. Lápiz/papel. 21 × 14,5 cm (Archivo Hnos. Rubio Gil).

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Juan Comba: Texto manuscrito por don Manuel Comba Sigüenza: “Apuntes para el entierro de Eduardo Rosales del natural por mi padre Juan Comba, su único discípulo”. Lápiz/papel 21,5 × 14,5 cm (Archivo Hnos. Rubio Gil).

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Juan Comba: Apuntes para la fiesta de San Antón. Escolapios. Madrid. Lápiz/papel. 20 × 24 cm. h. 1900. (Col. Hnos. Rubio Gil).

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Juan Comba. Tinta/papel. 11 × 8,5 cm. Copia de una miniatura francesa del siglo XIV. (Archivo Hnos. Rubio Gil).

Carta manuscrita de Eduardo Rosales a Juan Comba enviada a Madrid desde Murcia el día 28 de marzo de 1873 (Archivo Rafael Gil).

conferencia Juan Comba

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TRANSCRIPCION DE LA CARTA

1ª Hoja “Murcia, Marzo 26 / 73”

Amigo Comba recibí su atenta de V.
agradeciéndole sus buenos recuerdos. Nuestra vuelta
a esa no puede ser tan pronto como pensábamos
porque ya hace unos días no ando bien y he
tenido q. suspender mis trabajos: pero en cuanto
el tiempo se arregle espero poder continuar y
despachar pronto.

Voy a pedir a V. un favor: si su amigo el
Sr. Escobar continua de ambulante en esta línea
y quisiera tomarse la molestia de traerme un en
carguito me haría un gran favor: el encargo
sería un sobretodo pa mi q mi cuñada le entre
gará bien envuelto y arreglado de modo q. abul
te poco y si accede procure V. q. sea pronto y pa
se V. por mi casa a recogerlo.
me alegro verle a V. continuar

2ª Hoja

con buenos ánimos sus estudios, que espero
ver a mi regreso.
De V. memorias a sus padres y a los amigos
de esa y V. disponga de su amigo.

Rosales Transcripción de la Carta por Luis Rubio Gil (Facsímil y traducción, de un proyecto, no nato, de un estudio sobre la correspondencia de Eduardo Rosales (63 cartas)).

Luis Rubio Gil

Junio 2022